Palabras Sabias

Crítica del libro por Victor Morata

El escritor Victor Morata Cortado dice de Tilak el Sabio:


Un libro que yo calificaría de revelador e iniciático. Un viaje metafórico por la vida de Tilak que podría ser la de cualquiera, un camino hacia el alma y el despertar de la sabiduría. Decir que me ha gustado la lectura ágil, sencilla y amena que ofreces y, si tuviera que elegir una parte de esta historia hay una que me ha deslumbrado especialmente y esa es la primera de todas. El comienzo del libro es sumamente evocador. Felicidades por este libro y gracias por ofrecernos esta obra.

Capítulo 2. De cómo Tilak fue llamado Tilak el Sabio.



El enano Awatha se acercó cabalgando en su unicornio y silbó. Nada. Tenía calor y se secaba el sudor con su extraño manto aterciopelado. Volvió a silbar.
-¿Quién me llama? -preguntó una voz que surgía del Río del Declive.
-Soy Awatha, y vengo a decirte que Tilak, el Elegido, ha cerrado los ojos.
Sólo se oía el murmullo del agua, y Awatha empezó a impacientarse.
-No te inquietes, enano Awatha. -dijo el río. -¿Acaso has olvidado tus votos?
Awatha refunfuñó. Estaba cansado y aquel calor le mataba. Sólo esperaba una solución al problema y aquel engreído le estaba haciendo perder un tiempo precioso.
-¿Dónde está Tilak? -preguntó el río.
-Ése es el problema. Se ha sentado en la Roca del Olvido.
Si el río hubiera tenido manos como el enano se las hubiera llevado a la cabeza. Pero en lugar de eso elevó sus aguas hasta niveles insospechados y Awatha tuvo que alejarse de su cauce para no acabar bajo una lluvia que no deseaba pese al calor de aquel día. Porque aquellas aguas no eran aguas frescas y transparentes, no. Eran aguas que sumían a todo aquel que se bañaba en ellas en la más profunda tristeza y en la más terrible desesperación. Y a Awatha le parecía que ya llevaba una jornada demasiado ajetreada para tener que cargar encima con aquella clase de sentimientos. Se echó atrás el pelo que le caía sobre la frente y suspiró. No tenía todo el día para esperar una respuesta, y el río parecía estar meditando más de lo habitual. Esperaría de todos modos, porque no podía hacer otra cosa.

La luz del día fue apagándose y Awatha ya estaba dando de comer a su unicornio. Después encendió una fogata y se calentó dos de los panes que llevaba en la bolsa. Pero antes de dar el primer bocado, la voz del río le sobresaltó:
-Escucha bien, enano Awatha. Tendrás que ir en busca de la Luna Llena. Sólo ella puede darte la solución que necesita Tilak, que ya no puede llamarse el Elegido, que ya no puede sentarse a la izquierda del dios Yama.

Awatha no podía creerlo. El Río del Declive no había sido capaz de resolver el problema, cosa que nunca había sucedido hasta entonces. Y ahora, ¿qué iba a hacer? Había estado esperando durante mucho tiempo sufriendo aquel calor y aquel cansancio para nada. Sólo para temer recibir la cólera de los Tres Raros y Sublimes. Porque él, que era llamado Awatha, que significa el que protege, debía responder ante ellos y debía darles alguna justificación de porqué había dejado sólo a Tilak el Elegido en la playa del Mar de los Deseos Profundos, y en especial, dejarle sentarse en la Roca del Olvido. Ahora tendría que comparecer ante el tribunal, cosa que temía profundamente. Pero aún tenía una vaga esperanza, que era la respuesta del Río. Pero, ¿dónde buscar a la Luna Llena? ¿Dónde moraba aquella extraña criatura de la que nunca había oído hablar?
Sus preguntas no hallaron respuestas en boca del Río. Tenía que hallarlas él, así que se durmió junto a su unicornio al calor del fuego encendido esperando que sus sueños le ayudaran como lo habían hecho otras veces.

Tilak, que ya no podía ser llamado el Elegido porque había olvidado que su destino era ser el Cuarto Raro y Sublime, aún estaba sentado en la Roca del Olvido. No sabía si era de noche o de día, pues aún no había abierto sus ojos. No necesitaba abrir nada más que su corazón para apreciar la belleza que se extendía ante él. El tiempo había perdido todo sentido para él, y la serenidad de su alma se correspondía con el esplendor que había adquirido su cuerpo. Tilak, que ya no podía sentarse a la izquierda del dios Yama, era feliz.

Arrastrando sus pies por la arena venía el enano Awatha. Aún estaba lejos, pero podía distinguir perfectamente la silueta de Tilak recortándose en aquel hermoso amanecer. Cuando estuvo más cerca, vio que el rostro del humano había adquirido la belleza profunda del Mar de los Deseos. Sorprendido, se sentó al lado suyo, puesto que quería contemplarlo así, sereno, con los ojos cerrados, sin saber que él, Awatha, lo contemplaba extasiado. Toda la felicidad que sentía Tilak se veía reflejada en los ojos de Awatha, que aunque pequeños y oscuros, empezaban a adquirir una tonalidad brillante que ensombrecía el fulgor de su manto aterciopelado. Todo su mal humor desaparecía por momentos, e incluso desaparecía también el temor a enfrentarse con los Tres Raros, porque entre Tilak y Awatha se había levantado un puente de Amor, y éste derribaba todos los miedos. El Mar de los Deseos Profundos había hecho el milagro, y entonces Tilak abrió los ojos para encontrarse con que delante de él tenía un ser que le miraba con expresión fascinada.
-¿Quién eres? -preguntó Tilak, pues ya no recordaba que Awatha lo había acompañado hasta la entrada del palacio de los Tres Raros y le había entregado el jade de la vida eterna.
-Me llaman Awatha, el que protege. Y he venido a explicarte una historia.

El enano estuvo tres días con sus tres noches relatando la vida y la muerte de Tilak, pues era preciso que el humano supiera quién era, de donde venía y a donde iba. Mientras, las mareas se iban sucediendo, y el viento les iba coloreando sus pieles expuestas al sol, y el fuego les calentaba por las noches, y el mar les seducía una y otra vez provocando algunos silencios entre ellos.
Al cuarto día, Tilak preguntó:
-Dime, Awatha, ¿por qué no te hallabas junto a mi el día en que llegué a esta playa?

El enano suspiró. Aquella mañana le traía muy buenos recuerdos, puesto que cerca de la Colina de la Verdad había encontrado a alguien que...
-...me preguntó si deseaba entrar en su casa y disfrutar de la sombra y de las frutas frescas que podía ofrecerme. Sin dudarlo, acepté su invitación, pues la mirada de aquella mujer me había subyugado de tal forma que no me importaba demasiado llegar tarde a tu encuentro. Pensaba que unos minutos de más no podían causar el daño que te he hecho.
-No te aflijas, amigo Awatha. -dijo Tilak conmovido. -Ya no hay vuelta atrás, así que es inútil lamentarse.
-Pero ahora, por mi descuido, tú ya no podrás sentarte a la izquierda de Yama. Y yo he de tratar de encontrar a la Luna Llena, que es la única que puede decirnos qué será de ti.

Acordaron que Awatha partiría y que Tilak permanecería allí en la playa.
-Te dejaré mi unicornio para que te acompañe en tu soledad. -dijo Awatha, y se alejó con caminar ligero. No marchaba muy convencido de poder encontrar algo de lo que nunca había oído hablar, y por eso su paso fue haciéndose cada vez más lento, su cuerpo comenzó a cansarse, su mirada fue perdiendo brillo y su alma ilusión.
Cuando llevaba ya dos días de camino se encontró con una tortuga que avanzaba lenta y pausada. Awatha, que necesitaba hablar con alguien, se acercó a ella.
-Soy el enano Awatha y ando buscando a una criatura de la que nunca he oído hablar. ¿Te importaría ayudarme?
La tortuga le miró abriendo mucho sus ojos y sonrió.
-En absoluto. Pongo desde ahora mi saber a tu disposición.
Awatha respiró hondo y le preguntó:
-¿Conoces a la Luna Llena?
-¿La Luna Llena? ¿La que crece en el Horizonte?
Awatha se encogió de hombros.
-Debe de ser la misma -continuó la tortuga- pues he leído sobre ella en los Libros Antiguos.
-Y entonces, ¿sabes tú cómo puedo llegar hasta el Horizonte?
La tortuga entornó sus ojos y dudó antes de decir:
-No estoy segura, pero creo que deberías caminar hacia el Norte, adentrarte en la Laguna Blanca.
-¿La Laguna Blanca? Creo recordar que era llamada con otro nombre... Pero de eso hace ya mucho tiempo.
-Si, mucho tiempo, tanto que ni siquiera yo lo recuerdo.
Entre el enano Awatha y la tortuga se hizo el silencio, mientras una suave brisa empezaba a soplar.
-Debes ponerte en marcha, Awatha. El cielo amenaza tormenta.
-Pero, ¿encontraré allí a la Luna Llena? Dime que puedo encontrarla, porque es necesario.
-Mira dentro de ti, amigo. Sólo tú tienes las respuestas.

La tortuga se fue alejando de Awatha con su caminar parsimonioso. Poco importaba a donde se dirigiera, pues ella vagaba eternamente y no temía carecer de hogar. Awatha se quedó en aquel lugar durante un rato, sintiendo cómo empezaban a caer las primeras gotas de lluvia. En nada pensaba, y así, dio el primer paso hacia adelante.

Tilak tenía frío. Se acurrucó junto al unicornio de Awatha y trató de entrar en calor. El unicornio empezó a cantarle canciones para que se adormeciera, y su voz se convertía en una música que entraba en su interior y le revelaba muchos secretos guardados, le revelaba que él era Tilak, que ahora esperaba al enano llamado Awatha.

Bajo la lluvia se balanceaban los árboles que crecían a ambos lados del camino que conducía a la Laguna Blanca. Se formaban pequeños riachuelos junto a las piedras, y las ardillas voladoras corrían hasta esconderse en sus refugios. Las flores cerraban sus pétalos y las hierbas del sendero se replegaban ante el paso firme de Awatha, impasible ante la lluvia, ante el viento, ante la incertidumbre que sentía dentro de su pecho. Caminó así hasta que ante él, estrepitosamente, se derrumbaron dos grandes árboles, uno detrás del otro.
Awatha se detuvo, asustado, pues no había sido alcanzado sólo por unos pocos centímetros. Su corazón latía apresuradamente cuando vadeó el obstáculo. No quería pensar que las cosas empezaban a ponerse en su contra. Nada iba a detenerlo, ni siquiera aquella fría lluvia que le empapaba el rostro y hacía que cada vez se sintiera más cansado, hambriento y ávido de un fuego encendido y una casa caliente. Costara lo que costara iba a llegar hasta la Laguna Blanca y preguntar por la extraña criatura, y ojalá quisiera el destino que ésta se hallara allí dispuesta a darle la solución que necesitaba.

Como muchos ya saben, de las nubes más negras cae un agua limpia y refrescante, por eso, detrás de un frondoso sauce, el enano Awatha halló finalmente la Laguna Blanca. En medio de la oscuridad de la noche resplandecía como un espejo e invitaba a bañarse en sus aguas con la promesa de que serían cálidas y agradables. Awatha entró en el agua y sentía como una intensa emoción nacía en sus rodillas e iba ascendiendo por su cuerpo hasta llegar a su pecho, que se hinchó de alegría. La sensación continuó ascendiendo y se le encendió en el rostro una sonrisa. Porque allí delante, en el Horizonte, vio que había encontrado a la Luna. La había reconocido sin haberla visto nunca, porque siempre sucede que todo lo que es bello o es parte de uno mismo es fácil de reconocer. La misma emoción que lo embargaba le impidió articular palabra, y la Luna Llena esperaba, él sabía que ella esperaba unas palabras. Trató de reunir el valor suficiente pero no logró decir nada. La Luna Llena, para disimular la emoción que también sentía, le dijo a Awatha:
-¿Qué haces aquí?
Awatha se sorprendió. Pero sonrió porque la Luna Llena también sonreía.
-He venido porque me dijeron que sólo tú podías dar un destino a Tilak, que un día murió, entró en el palacio de Yama, comió en el Banquete de la Inmortalidad y fue llamado el Elegido. Pero ahora ya no es llamado así, ahora ya no podrá ser formado como el Cuarto Raro y Sublime, ahora ya no podrá sentarse a la izquierda del dios Yama.
-¿Y dónde está Tilak? -preguntó la Luna Llena. -¿Por qué no ha venido?
-No ha venido porque es mi misión, porque por mi culpa él se sentó en la Roca del Olvido, junto al Mar de los Deseos Profundos.

La Luna Llena sonrió. Ella había nacido allí, en aquel mar de belleza tan intensa como profundo su azul. Y no le importaba volver, así que se dirigió a Awatha y le dijo:
-Cierra los ojos, amigo, y viajemos juntos hasta allí.

Envueltos en una intensa bruma azulada, la Luna Llena y el enano Awatha atravesaron distancias y tiempos, lugares y paisajes para llegar al lado de Tilak, que dormía junto al unicornio.
-Tilak, despierta. - murmuró suavemente Awatha en su oído.
-¡Awatha!¡Cuánto me alegro de verte!
Tilak abrió los brazos y atrajo hasta ellos a su amigo.
-¿Lo lograste? ¿Conseguiste hallar a la Luna Llena?
Awatha señaló el cielo.
-Mira, Tilak, mírala.
Y Tilak la vio y sonrió. Porque aquella extraña criatura le era familiar. Tal vez se había encontrado con ella en alguna otra vida; o tal vez no, pero la impresión que le causaba era tan intensa que pensaba que se le iba a salir el corazón del pecho. Y más aún cuando la Luna Llena le habló:
-Tilak, tú que te hallas ahí sentado debes responder a una pregunta. Y de tu respuesta dependerá el futuro que te he de entregar.

Tilak respiró hondo y aguardó. Awatha estaba a su lado y eso le daba fuerzas. La Luna Llena, después de meditarlo bien, preguntó:
-¿Cuál es mi color, amigo Tilak?

Pocos sabían esa respuesta, pocos podían entenderla. Pero Tilak había vivido, había sufrido, había entrado en su interior, había hallado la calma, había descubierto el puente de Amor que se había formado entre él y Awatha cuando se miraron a los ojos y derribaron los temores. Tilak había logrado la paz consigo mismo olvidando todo lo superfluo. Por eso respondió sin titubeos:
-Tu color es el Color del Amor, cuando hay Luna Llena.

La dulce risa de la Luna Llena penetró en los espíritus de Tilak, de Awatha y del unicornio de Awatha, que empezó a cantar las más bellas canciones que sabía. Awatha comenzó a bailar y Tilak agachó la cabeza dando las gracias, porque en sus espíritus alegres habían hallado el destino de Tilak, que ahora que sabía mucho más de los misterios y enigmas de la vida iba a ser llamado el Sabio. Tilak, el Sabio. Y ése nombre, regalado por la Luna Llena, era dulce a sus oídos, y como viera que era bueno se bañó en el mar y disfrutó del agua, de su nuevo nombre y de su nuevo destino.

Tilak en el FOTOLOG Universo Delta.



Tilak el Sabio ha sido portada del fotolog UNIVERSO DELTA(19-2-09), un lugar para promocionar la literatura, especialmente novelas.




Ver aquí.
Tilak el Sabio es una alegoría fantástica en la que tras su muerte, Tilak es conducido por el enano Awatha y su unicornio hacia el altar de Yama. Supera con éxito el Juicio Final y le es entregado el Ojo de Mithra, que le garantiza la felicidad en su nueva vida.
Renace, pero se sienta en la Roca del Olvido y Awatha deberá guiarlo hacia su nuevo destino, que es ser llamado Tilak el Sabio.
Pero Awatha no es lo que parece... y existen peligros ocultos: Las Cuevas del Miedo y los lagos de la Pena.
Pero en un Lugar donde los unicornios cantan, también existen los Campos de la Esperanza.

“Me quedaré en esta tierra,
éste y más días,
ésta y más noches,
porque vuestros poemas
ya viven dentro de mí,
y hacen que comprenda
el sentido de todos los demás.”

Tilak el Sabio.

Capítulo 1. El juicio final.





Esta historia comienza el día en que Tilak murió. En la cama del hospital de Yakarta su espíritu abandonó el cuerpo físico y se elevó hasta el techo de la habitación para deslizarse después hacia las ventanas abiertas, donde se fundiría con el aire limpio y fresco de la mañana. Tras un breve lapso de inconsciencia total se encontró caminando por verdes prados donde pastaban caballos blancos. Iba acompañado por un hombre de baja estatura ataviado con un extraño ropaje de telas brillantes y aterciopeladas que montaba en un unicornio.

Tilak andaba junto a él y no hablaba; sólo miraba perplejo todo lo que había a su alrededor. En un extremo del camino corría un riachuelo en el que saltaban pequeños peces anaranjados, y las flores que lo circundaban despedían un agradable aroma que le hizo sentir un poco más cómodo, menos tenso. Pronto llegaron a un palacio construido al borde del mar, en el acantilado más abrupto que había visto nunca. El enano, que era llamado Awatha, le explicó que aquella era la parte más recóndita de la Tierra, donde nadie que no fuera elegido podía llegar.

La entrada del palacio formaba un arco sostenido por dos grandes y pesadas columnas, y allí mismo Awatha le entregó una piedra envuelta en un paño de cuero.
-Es el jade de la vida eterna; lo llamamos P´an-T´ao. Deberás ofrecerlo a los dioses en el Banquete de la Inmortalidad.
Tilak lo miró extrañado y le preguntó qué quería decir con aquellas palabras.
-Ya entenderás más adelante. -contestó Awatha. -Y no olvides que aquí dentro -señaló el edificio- no debes preguntar, sólo responder. Recuérdalo: sólo responder.
-Responder, ¿a quién?
-Entra, amigo. Entra en el altar de Yama, el dios de la Muerte, y sabrás y conocerás.
Dicho esto, dio media vuelta a su cabalgadura y se alejó en dirección Este, hacia las Montañas del Incienso, donde le esperaba otro humano.

Tilak empujó la gran puerta hacia adentro y entró en el palacio. Los suelos eran de mármol negro y las paredes estaban repletas de bellos tapices. Fue avanzando mientras sus pasos resonaban por aquel vasto vestíbulo. Al llegar al fondo puso los pies en una alfombra de color rojo con la representación de la cábala en el centro y se abrieron unas puertas que le permitieron seguir su camino. Encontró entonces una sala de estrechas y puntiagudas ventanas en la que en su centro, sobre una mesa rectangular cubierta con un lienzo blanco de algodón, se alzaba una balanza, una enorme balanza de oro y diamantes. No estaba inclinada hacia ningún costado; esperaba impaciente el próximo juicio que no tardaría en celebrarse. Y junto a ella vio a tres hombres, aunque éste no sería su calificativo idóneo, puesto que sus rostros no tenían nada de humano: eran amorfos, y sin precisión alguna parecían extenderse hacia atrás y hacia adelante simultáneamente. Eran rostros adimensionales que no podía dejar de mirar sin sorprenderse una y otra vez.
-Somos los Tres Raros y Sublimes.-dijeron al unísono con voces de idéntico tono e inflexión. -¿Qué has hecho de tu vida?
Tilak recordó que sólo debía responder y evitar su costumbre de contestar con otra pregunta para saciar su curiosidad o para disuadir al contrario.
-He vivido intensamente. -contestó sin titubeos.
-¿Te arrepientes de tus malas acciones?
-No considero que hayan habido verdaderas malas acciones en mi vida.
-¿Te consideras apto para ser elegido?
Inmediatamente, Tilak iba a preguntar: -¿Elegido para qué?-, pero se contuvo y contestó.
-Si mis cualidades así lo indican, sí.
Uno de los Tres Raros sonrió y miró al que tenía a su derecha, quien asintió y dijo:
-Ciertamente, no sabes cómo va a ser tu vida a partir de ahora, pero, ¿crees que tu alma mejoraría si vives en un palacio como éste?
Tilak no lo dudó:
-No creo que la excesiva riqueza que gobierna este lugar sea idónea para expiar supuestas culpas, hipotéticos pecados.
-¿Hipotéticos? -preguntó el Raro del centro.
-Sé qué éste es mi Juicio, y que mi nueva vida ha de ser mejor que la anterior, pero no considero pecados los errores humanos.
En ese momento, Yama, el dios de la Muerte, se hizo presente. Apareció al lado de la balanza junto a un monstruo de boca de cocodrilo y vientre de hipopótamo. La fiera abrió sus enormes fauces y con una profunda y grave voz dijo:
-Soy la Bestia Deforme, el devorador de almas, y espero ávido junto a la balanza del Juicio; espero sediento tu espíritu.
El dios levantó la mano derecha y le hizo callar. Era un ser imponente que llevaba una túnica blanca que despedía destellos de luz.
-Me hago llamar Yama y soy el dios de los que abandonan el mundo terrenal para morar en este lugar situado en los límites de la Tierra, donde convergen el Río del Declive con el Mar de los Deseos Profundos.
Tilak asintió con la cabeza, si bien no podía hacer otra cosa que escucharle atentamente, puesto que aquella voz era fascinante, merecedora de una total atención.
-Veo que tus respuestas han complacido a los Tres Raros y Sublimes, por lo que eres digno del Ojo de Mithras, el Dios de la Luz. Él te garantizará la felicidad en tu nueva vida.
Yama alargó su mano, transparente, y le entregó el Ojo, que era ovalado. La pupila que había en su centro estaba formada por cinco círculos concéntricos entre los cuales había grabada cuatro veces la letra Omega.
-Gracias, Señor. -fue todo lo que se le ocurrió decir a Tilak.

Los Tres Raros decidieron que ya era la hora del Banquete.
-Pasemos al Salón. -dijeron, y el dios Yama desapareció junto con la Bestia Deforme.
Cuando Tilak llegó al Salón de la Inmortalidad pudo ver a Yama encabezando una gran mesa dispuesta con alimentos que jamás han existido ni existirán en el Mundo que Conocemos. Le hicieron sentarse en uno de los extremos de la mesa, justo enfrente del dios. Los Tres Raros y Sublimes lo hicieron en el lado derecho.
Los platos no se vaciaban jamás. Como por arte de magia, en cuanto el último pedazo de comida iba a parar a las bocas de sus comensales, se volvían a llenar. Tilak empezó a hartarse y su estómago le ordenaba no ingerir más a riesgo de reventar.
-Lo siento, pero no puedo comer nada más. -dijo en tono de disculpa.
-Debes comer. -le reprendió uno de los Tres Raros. -No se puede despreciar la comida de los dioses.
-Pero... -se quejó Tilak. Y mirando de nuevo al plato pudo ver cómo se llenaba de algo parecido a gachas y miel.
De pronto se acordó de lo que le había dado Awatha. Metió la mano en el bolsillo y sacó la piedra.
-Debo ofreceros esto, mi Señor. -dijo Tilak levantándose y dirigiéndose a Yama. Inclinó la cabeza y dejó al lado de su plato la piedra.
Los ojos del dios brillaron, y su túnica dejó de resplandecer.
-En verdad eres el Elegido, Tilak. Los últimos hombres que llegaron hasta aquí no me entregaron a P´an-T´ao, pues codiciaban su valor y con ello obtuvieron su terrible final.- Sonrió y continuó diciendo: -No habrá Juicio Final para ti. Te sentarás a mi izquierda en el Trono y serás formado para ser el Cuarto Raro y Sublime.
-Gracias, Señor. -contestó Tilak
Sabía que no serviría ningún tipo de contradicción, así que se limitó a volver a su asiento tal y como le indicó Yama con un ademán.

Ya no había ningún plato delante suyo, pero sí una taza. Y en la taza había una infusión de hierbas que, según le explicó el Primer Raro, eran las hierbas que crecen en la playa del Mar de los Deseos Profundos y que ayudaban a purificar las almas buenas y generosas, arrastrando cualquier vestigio, cualquier resto de temor.
Tilak bebió y sintió que una profunda alegría le nacía en el pecho, y deseó entonces bañarse en aquel Mar maravilloso, descansar en aquella playa donde nacían tales hierbas. Lo deseó sin saberlo, y por eso se sorprendió cuando un destello le cegó los ojos por un momento. Cuando pudo abrirlos se encontró con que la mesa del Banquete había desaparecido, y con ella los Tres Raros.
Se hallaba en una playa de cálida arena blanca que calentaba sus pies, que le envolvía como un confortable manto. El Mar de los Deseos Profundos se extendía ante él en toda su belleza, que era tan inmensa como profundo su azul.
Tilak se sentó en lo alto de una roca y su mente empezó a liberarse de todo pensamiento hasta quedar nueva, virgen. El aroma de la sal penetraba en sus sentidos, y era dulce para él, como la sensación de su pecho. Por eso cerró los ojos.

Portada.



Tilak el Sabio cuenta la historia de un viaje iniciático y del descubrimiento de la sabiduría interior en un personaje singular que busca y encuentra.


La novela fue publicada en el año 2000 en la web de la editorial Sambala, Sendero y Caminante en edición digital.

Tilak el Sabio. La sinopsis.

Tilak el Sabio relata un viaje metafórico e iniciático: La historia del descubrimiento de la sabiduría interior en un personaje singular.

Esta obra de ficción es una alegoría fantástica en la que tras su muerte, Tilak es conducido por el enano Awatha y su unicornio hacia el altar de Yama. Supera con éxito el Juicio Final y le es entregado el Ojo de Mithra, que le garantiza la felicidad en su nueva vida.
Renace, pero se sienta en la Roca del Olvido y Awatha deberá guiarlo hacia su nuevo destino, que es ser llamado Tilak el Sabio.
Pero Awatha no es lo que parece... y existen peligros ocultos: Las Cuevas del Miedo y los lagos de la Pena. Pero en un lugar donde los unicornios cantan, también existen los Campos de la Esperanza. Será en su viaje iniciático donde Tilak descubrirá quién es y cuál es su misión en el nuevo mundo.


Tilak el sabio es un relato mágico en el que conoceremos la figura de Tilak, un hombre que desde su privilegiada posición en la Eternidad nos irá desvelando en qué consiste la Verdadera Felicidad, la maravillosa sensación de encontrar al Alma Gemela, así como tantas otras cuestiones de la Vida, el Amor, los Deseos Verdaderos, la Magia, La Luz, la Oscuridad ...



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