Palabras Sabias

Capítulo 1. El juicio final.





Esta historia comienza el día en que Tilak murió. En la cama del hospital de Yakarta su espíritu abandonó el cuerpo físico y se elevó hasta el techo de la habitación para deslizarse después hacia las ventanas abiertas, donde se fundiría con el aire limpio y fresco de la mañana. Tras un breve lapso de inconsciencia total se encontró caminando por verdes prados donde pastaban caballos blancos. Iba acompañado por un hombre de baja estatura ataviado con un extraño ropaje de telas brillantes y aterciopeladas que montaba en un unicornio.

Tilak andaba junto a él y no hablaba; sólo miraba perplejo todo lo que había a su alrededor. En un extremo del camino corría un riachuelo en el que saltaban pequeños peces anaranjados, y las flores que lo circundaban despedían un agradable aroma que le hizo sentir un poco más cómodo, menos tenso. Pronto llegaron a un palacio construido al borde del mar, en el acantilado más abrupto que había visto nunca. El enano, que era llamado Awatha, le explicó que aquella era la parte más recóndita de la Tierra, donde nadie que no fuera elegido podía llegar.

La entrada del palacio formaba un arco sostenido por dos grandes y pesadas columnas, y allí mismo Awatha le entregó una piedra envuelta en un paño de cuero.
-Es el jade de la vida eterna; lo llamamos P´an-T´ao. Deberás ofrecerlo a los dioses en el Banquete de la Inmortalidad.
Tilak lo miró extrañado y le preguntó qué quería decir con aquellas palabras.
-Ya entenderás más adelante. -contestó Awatha. -Y no olvides que aquí dentro -señaló el edificio- no debes preguntar, sólo responder. Recuérdalo: sólo responder.
-Responder, ¿a quién?
-Entra, amigo. Entra en el altar de Yama, el dios de la Muerte, y sabrás y conocerás.
Dicho esto, dio media vuelta a su cabalgadura y se alejó en dirección Este, hacia las Montañas del Incienso, donde le esperaba otro humano.

Tilak empujó la gran puerta hacia adentro y entró en el palacio. Los suelos eran de mármol negro y las paredes estaban repletas de bellos tapices. Fue avanzando mientras sus pasos resonaban por aquel vasto vestíbulo. Al llegar al fondo puso los pies en una alfombra de color rojo con la representación de la cábala en el centro y se abrieron unas puertas que le permitieron seguir su camino. Encontró entonces una sala de estrechas y puntiagudas ventanas en la que en su centro, sobre una mesa rectangular cubierta con un lienzo blanco de algodón, se alzaba una balanza, una enorme balanza de oro y diamantes. No estaba inclinada hacia ningún costado; esperaba impaciente el próximo juicio que no tardaría en celebrarse. Y junto a ella vio a tres hombres, aunque éste no sería su calificativo idóneo, puesto que sus rostros no tenían nada de humano: eran amorfos, y sin precisión alguna parecían extenderse hacia atrás y hacia adelante simultáneamente. Eran rostros adimensionales que no podía dejar de mirar sin sorprenderse una y otra vez.
-Somos los Tres Raros y Sublimes.-dijeron al unísono con voces de idéntico tono e inflexión. -¿Qué has hecho de tu vida?
Tilak recordó que sólo debía responder y evitar su costumbre de contestar con otra pregunta para saciar su curiosidad o para disuadir al contrario.
-He vivido intensamente. -contestó sin titubeos.
-¿Te arrepientes de tus malas acciones?
-No considero que hayan habido verdaderas malas acciones en mi vida.
-¿Te consideras apto para ser elegido?
Inmediatamente, Tilak iba a preguntar: -¿Elegido para qué?-, pero se contuvo y contestó.
-Si mis cualidades así lo indican, sí.
Uno de los Tres Raros sonrió y miró al que tenía a su derecha, quien asintió y dijo:
-Ciertamente, no sabes cómo va a ser tu vida a partir de ahora, pero, ¿crees que tu alma mejoraría si vives en un palacio como éste?
Tilak no lo dudó:
-No creo que la excesiva riqueza que gobierna este lugar sea idónea para expiar supuestas culpas, hipotéticos pecados.
-¿Hipotéticos? -preguntó el Raro del centro.
-Sé qué éste es mi Juicio, y que mi nueva vida ha de ser mejor que la anterior, pero no considero pecados los errores humanos.
En ese momento, Yama, el dios de la Muerte, se hizo presente. Apareció al lado de la balanza junto a un monstruo de boca de cocodrilo y vientre de hipopótamo. La fiera abrió sus enormes fauces y con una profunda y grave voz dijo:
-Soy la Bestia Deforme, el devorador de almas, y espero ávido junto a la balanza del Juicio; espero sediento tu espíritu.
El dios levantó la mano derecha y le hizo callar. Era un ser imponente que llevaba una túnica blanca que despedía destellos de luz.
-Me hago llamar Yama y soy el dios de los que abandonan el mundo terrenal para morar en este lugar situado en los límites de la Tierra, donde convergen el Río del Declive con el Mar de los Deseos Profundos.
Tilak asintió con la cabeza, si bien no podía hacer otra cosa que escucharle atentamente, puesto que aquella voz era fascinante, merecedora de una total atención.
-Veo que tus respuestas han complacido a los Tres Raros y Sublimes, por lo que eres digno del Ojo de Mithras, el Dios de la Luz. Él te garantizará la felicidad en tu nueva vida.
Yama alargó su mano, transparente, y le entregó el Ojo, que era ovalado. La pupila que había en su centro estaba formada por cinco círculos concéntricos entre los cuales había grabada cuatro veces la letra Omega.
-Gracias, Señor. -fue todo lo que se le ocurrió decir a Tilak.

Los Tres Raros decidieron que ya era la hora del Banquete.
-Pasemos al Salón. -dijeron, y el dios Yama desapareció junto con la Bestia Deforme.
Cuando Tilak llegó al Salón de la Inmortalidad pudo ver a Yama encabezando una gran mesa dispuesta con alimentos que jamás han existido ni existirán en el Mundo que Conocemos. Le hicieron sentarse en uno de los extremos de la mesa, justo enfrente del dios. Los Tres Raros y Sublimes lo hicieron en el lado derecho.
Los platos no se vaciaban jamás. Como por arte de magia, en cuanto el último pedazo de comida iba a parar a las bocas de sus comensales, se volvían a llenar. Tilak empezó a hartarse y su estómago le ordenaba no ingerir más a riesgo de reventar.
-Lo siento, pero no puedo comer nada más. -dijo en tono de disculpa.
-Debes comer. -le reprendió uno de los Tres Raros. -No se puede despreciar la comida de los dioses.
-Pero... -se quejó Tilak. Y mirando de nuevo al plato pudo ver cómo se llenaba de algo parecido a gachas y miel.
De pronto se acordó de lo que le había dado Awatha. Metió la mano en el bolsillo y sacó la piedra.
-Debo ofreceros esto, mi Señor. -dijo Tilak levantándose y dirigiéndose a Yama. Inclinó la cabeza y dejó al lado de su plato la piedra.
Los ojos del dios brillaron, y su túnica dejó de resplandecer.
-En verdad eres el Elegido, Tilak. Los últimos hombres que llegaron hasta aquí no me entregaron a P´an-T´ao, pues codiciaban su valor y con ello obtuvieron su terrible final.- Sonrió y continuó diciendo: -No habrá Juicio Final para ti. Te sentarás a mi izquierda en el Trono y serás formado para ser el Cuarto Raro y Sublime.
-Gracias, Señor. -contestó Tilak
Sabía que no serviría ningún tipo de contradicción, así que se limitó a volver a su asiento tal y como le indicó Yama con un ademán.

Ya no había ningún plato delante suyo, pero sí una taza. Y en la taza había una infusión de hierbas que, según le explicó el Primer Raro, eran las hierbas que crecen en la playa del Mar de los Deseos Profundos y que ayudaban a purificar las almas buenas y generosas, arrastrando cualquier vestigio, cualquier resto de temor.
Tilak bebió y sintió que una profunda alegría le nacía en el pecho, y deseó entonces bañarse en aquel Mar maravilloso, descansar en aquella playa donde nacían tales hierbas. Lo deseó sin saberlo, y por eso se sorprendió cuando un destello le cegó los ojos por un momento. Cuando pudo abrirlos se encontró con que la mesa del Banquete había desaparecido, y con ella los Tres Raros.
Se hallaba en una playa de cálida arena blanca que calentaba sus pies, que le envolvía como un confortable manto. El Mar de los Deseos Profundos se extendía ante él en toda su belleza, que era tan inmensa como profundo su azul.
Tilak se sentó en lo alto de una roca y su mente empezó a liberarse de todo pensamiento hasta quedar nueva, virgen. El aroma de la sal penetraba en sus sentidos, y era dulce para él, como la sensación de su pecho. Por eso cerró los ojos.

6 comentarios:

  1. Me he descargado ya tus dos libros de Bubok. Eso sí, te pido paciencia. Prometo leerlos, pero de momento tengo una pila de libros en mi mesita de noche (Después de "Salamina", de Javier Negrete, al que le quedan 100 páginas, viene "La Dama Azul", "Los Días del Venado" y los libros de Víctor Morata).
    Un saludo muy fuerte.

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  2. Gracias, Javier. No hay prisa. Yo también tengo una lista bastante completa...! Un saludo.

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  3. Bueno, a mi me pasa igual que a Javier, que tengo un montón de libros apilados a la espera. Uno de ellos era Tilak el Sabio y he de decir que ya lo he leído y me ha gustado bastante. Un libro que yo calificaría de revelador e iniciático. Un viaje metafórico por la vida de Tilak que podría ser la de cualquiera, un camino hacia el alma y el despertar de la sabiduría. Decir que me ha gustado la lectura ágil, sencilla y amena que ofreces y, si tuviera que elegir una parte de esta historia hay una que me ha deslumbrado especialmente y esa es la primera de todas. El comienzo del libro es sumamente evocador. Felicidades por este libro y gracias por ofrecernos esta obra. La disfruté y en cuanto pueda voy a por tu otro libro. Besos y un fuerte abrazo.

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  4. Muchas gracias por leer Tilak, Víctor, y gracias también por tu crítica. Paso a colocarla en la cabecera, como entrada. ¡Besos!

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  5. se le agradese de todo corazon recien estoy empensando a conocer a la autora y la felicito es una gran mente q alverga mucha sabidura siga adelante sin retroceder si atte su seguro servidor bryan

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  6. Hola Bryan, gracias por sus amables cumplidos. Un saludo.

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