Palabras Sabias

Crítica del libro por Victor Morata

El escritor Victor Morata Cortado dice de Tilak el Sabio:


Un libro que yo calificaría de revelador e iniciático. Un viaje metafórico por la vida de Tilak que podría ser la de cualquiera, un camino hacia el alma y el despertar de la sabiduría. Decir que me ha gustado la lectura ágil, sencilla y amena que ofreces y, si tuviera que elegir una parte de esta historia hay una que me ha deslumbrado especialmente y esa es la primera de todas. El comienzo del libro es sumamente evocador. Felicidades por este libro y gracias por ofrecernos esta obra.

Capítulo 2. De cómo Tilak fue llamado Tilak el Sabio.



El enano Awatha se acercó cabalgando en su unicornio y silbó. Nada. Tenía calor y se secaba el sudor con su extraño manto aterciopelado. Volvió a silbar.
-¿Quién me llama? -preguntó una voz que surgía del Río del Declive.
-Soy Awatha, y vengo a decirte que Tilak, el Elegido, ha cerrado los ojos.
Sólo se oía el murmullo del agua, y Awatha empezó a impacientarse.
-No te inquietes, enano Awatha. -dijo el río. -¿Acaso has olvidado tus votos?
Awatha refunfuñó. Estaba cansado y aquel calor le mataba. Sólo esperaba una solución al problema y aquel engreído le estaba haciendo perder un tiempo precioso.
-¿Dónde está Tilak? -preguntó el río.
-Ése es el problema. Se ha sentado en la Roca del Olvido.
Si el río hubiera tenido manos como el enano se las hubiera llevado a la cabeza. Pero en lugar de eso elevó sus aguas hasta niveles insospechados y Awatha tuvo que alejarse de su cauce para no acabar bajo una lluvia que no deseaba pese al calor de aquel día. Porque aquellas aguas no eran aguas frescas y transparentes, no. Eran aguas que sumían a todo aquel que se bañaba en ellas en la más profunda tristeza y en la más terrible desesperación. Y a Awatha le parecía que ya llevaba una jornada demasiado ajetreada para tener que cargar encima con aquella clase de sentimientos. Se echó atrás el pelo que le caía sobre la frente y suspiró. No tenía todo el día para esperar una respuesta, y el río parecía estar meditando más de lo habitual. Esperaría de todos modos, porque no podía hacer otra cosa.

La luz del día fue apagándose y Awatha ya estaba dando de comer a su unicornio. Después encendió una fogata y se calentó dos de los panes que llevaba en la bolsa. Pero antes de dar el primer bocado, la voz del río le sobresaltó:
-Escucha bien, enano Awatha. Tendrás que ir en busca de la Luna Llena. Sólo ella puede darte la solución que necesita Tilak, que ya no puede llamarse el Elegido, que ya no puede sentarse a la izquierda del dios Yama.

Awatha no podía creerlo. El Río del Declive no había sido capaz de resolver el problema, cosa que nunca había sucedido hasta entonces. Y ahora, ¿qué iba a hacer? Había estado esperando durante mucho tiempo sufriendo aquel calor y aquel cansancio para nada. Sólo para temer recibir la cólera de los Tres Raros y Sublimes. Porque él, que era llamado Awatha, que significa el que protege, debía responder ante ellos y debía darles alguna justificación de porqué había dejado sólo a Tilak el Elegido en la playa del Mar de los Deseos Profundos, y en especial, dejarle sentarse en la Roca del Olvido. Ahora tendría que comparecer ante el tribunal, cosa que temía profundamente. Pero aún tenía una vaga esperanza, que era la respuesta del Río. Pero, ¿dónde buscar a la Luna Llena? ¿Dónde moraba aquella extraña criatura de la que nunca había oído hablar?
Sus preguntas no hallaron respuestas en boca del Río. Tenía que hallarlas él, así que se durmió junto a su unicornio al calor del fuego encendido esperando que sus sueños le ayudaran como lo habían hecho otras veces.

Tilak, que ya no podía ser llamado el Elegido porque había olvidado que su destino era ser el Cuarto Raro y Sublime, aún estaba sentado en la Roca del Olvido. No sabía si era de noche o de día, pues aún no había abierto sus ojos. No necesitaba abrir nada más que su corazón para apreciar la belleza que se extendía ante él. El tiempo había perdido todo sentido para él, y la serenidad de su alma se correspondía con el esplendor que había adquirido su cuerpo. Tilak, que ya no podía sentarse a la izquierda del dios Yama, era feliz.

Arrastrando sus pies por la arena venía el enano Awatha. Aún estaba lejos, pero podía distinguir perfectamente la silueta de Tilak recortándose en aquel hermoso amanecer. Cuando estuvo más cerca, vio que el rostro del humano había adquirido la belleza profunda del Mar de los Deseos. Sorprendido, se sentó al lado suyo, puesto que quería contemplarlo así, sereno, con los ojos cerrados, sin saber que él, Awatha, lo contemplaba extasiado. Toda la felicidad que sentía Tilak se veía reflejada en los ojos de Awatha, que aunque pequeños y oscuros, empezaban a adquirir una tonalidad brillante que ensombrecía el fulgor de su manto aterciopelado. Todo su mal humor desaparecía por momentos, e incluso desaparecía también el temor a enfrentarse con los Tres Raros, porque entre Tilak y Awatha se había levantado un puente de Amor, y éste derribaba todos los miedos. El Mar de los Deseos Profundos había hecho el milagro, y entonces Tilak abrió los ojos para encontrarse con que delante de él tenía un ser que le miraba con expresión fascinada.
-¿Quién eres? -preguntó Tilak, pues ya no recordaba que Awatha lo había acompañado hasta la entrada del palacio de los Tres Raros y le había entregado el jade de la vida eterna.
-Me llaman Awatha, el que protege. Y he venido a explicarte una historia.

El enano estuvo tres días con sus tres noches relatando la vida y la muerte de Tilak, pues era preciso que el humano supiera quién era, de donde venía y a donde iba. Mientras, las mareas se iban sucediendo, y el viento les iba coloreando sus pieles expuestas al sol, y el fuego les calentaba por las noches, y el mar les seducía una y otra vez provocando algunos silencios entre ellos.
Al cuarto día, Tilak preguntó:
-Dime, Awatha, ¿por qué no te hallabas junto a mi el día en que llegué a esta playa?

El enano suspiró. Aquella mañana le traía muy buenos recuerdos, puesto que cerca de la Colina de la Verdad había encontrado a alguien que...
-...me preguntó si deseaba entrar en su casa y disfrutar de la sombra y de las frutas frescas que podía ofrecerme. Sin dudarlo, acepté su invitación, pues la mirada de aquella mujer me había subyugado de tal forma que no me importaba demasiado llegar tarde a tu encuentro. Pensaba que unos minutos de más no podían causar el daño que te he hecho.
-No te aflijas, amigo Awatha. -dijo Tilak conmovido. -Ya no hay vuelta atrás, así que es inútil lamentarse.
-Pero ahora, por mi descuido, tú ya no podrás sentarte a la izquierda de Yama. Y yo he de tratar de encontrar a la Luna Llena, que es la única que puede decirnos qué será de ti.

Acordaron que Awatha partiría y que Tilak permanecería allí en la playa.
-Te dejaré mi unicornio para que te acompañe en tu soledad. -dijo Awatha, y se alejó con caminar ligero. No marchaba muy convencido de poder encontrar algo de lo que nunca había oído hablar, y por eso su paso fue haciéndose cada vez más lento, su cuerpo comenzó a cansarse, su mirada fue perdiendo brillo y su alma ilusión.
Cuando llevaba ya dos días de camino se encontró con una tortuga que avanzaba lenta y pausada. Awatha, que necesitaba hablar con alguien, se acercó a ella.
-Soy el enano Awatha y ando buscando a una criatura de la que nunca he oído hablar. ¿Te importaría ayudarme?
La tortuga le miró abriendo mucho sus ojos y sonrió.
-En absoluto. Pongo desde ahora mi saber a tu disposición.
Awatha respiró hondo y le preguntó:
-¿Conoces a la Luna Llena?
-¿La Luna Llena? ¿La que crece en el Horizonte?
Awatha se encogió de hombros.
-Debe de ser la misma -continuó la tortuga- pues he leído sobre ella en los Libros Antiguos.
-Y entonces, ¿sabes tú cómo puedo llegar hasta el Horizonte?
La tortuga entornó sus ojos y dudó antes de decir:
-No estoy segura, pero creo que deberías caminar hacia el Norte, adentrarte en la Laguna Blanca.
-¿La Laguna Blanca? Creo recordar que era llamada con otro nombre... Pero de eso hace ya mucho tiempo.
-Si, mucho tiempo, tanto que ni siquiera yo lo recuerdo.
Entre el enano Awatha y la tortuga se hizo el silencio, mientras una suave brisa empezaba a soplar.
-Debes ponerte en marcha, Awatha. El cielo amenaza tormenta.
-Pero, ¿encontraré allí a la Luna Llena? Dime que puedo encontrarla, porque es necesario.
-Mira dentro de ti, amigo. Sólo tú tienes las respuestas.

La tortuga se fue alejando de Awatha con su caminar parsimonioso. Poco importaba a donde se dirigiera, pues ella vagaba eternamente y no temía carecer de hogar. Awatha se quedó en aquel lugar durante un rato, sintiendo cómo empezaban a caer las primeras gotas de lluvia. En nada pensaba, y así, dio el primer paso hacia adelante.

Tilak tenía frío. Se acurrucó junto al unicornio de Awatha y trató de entrar en calor. El unicornio empezó a cantarle canciones para que se adormeciera, y su voz se convertía en una música que entraba en su interior y le revelaba muchos secretos guardados, le revelaba que él era Tilak, que ahora esperaba al enano llamado Awatha.

Bajo la lluvia se balanceaban los árboles que crecían a ambos lados del camino que conducía a la Laguna Blanca. Se formaban pequeños riachuelos junto a las piedras, y las ardillas voladoras corrían hasta esconderse en sus refugios. Las flores cerraban sus pétalos y las hierbas del sendero se replegaban ante el paso firme de Awatha, impasible ante la lluvia, ante el viento, ante la incertidumbre que sentía dentro de su pecho. Caminó así hasta que ante él, estrepitosamente, se derrumbaron dos grandes árboles, uno detrás del otro.
Awatha se detuvo, asustado, pues no había sido alcanzado sólo por unos pocos centímetros. Su corazón latía apresuradamente cuando vadeó el obstáculo. No quería pensar que las cosas empezaban a ponerse en su contra. Nada iba a detenerlo, ni siquiera aquella fría lluvia que le empapaba el rostro y hacía que cada vez se sintiera más cansado, hambriento y ávido de un fuego encendido y una casa caliente. Costara lo que costara iba a llegar hasta la Laguna Blanca y preguntar por la extraña criatura, y ojalá quisiera el destino que ésta se hallara allí dispuesta a darle la solución que necesitaba.

Como muchos ya saben, de las nubes más negras cae un agua limpia y refrescante, por eso, detrás de un frondoso sauce, el enano Awatha halló finalmente la Laguna Blanca. En medio de la oscuridad de la noche resplandecía como un espejo e invitaba a bañarse en sus aguas con la promesa de que serían cálidas y agradables. Awatha entró en el agua y sentía como una intensa emoción nacía en sus rodillas e iba ascendiendo por su cuerpo hasta llegar a su pecho, que se hinchó de alegría. La sensación continuó ascendiendo y se le encendió en el rostro una sonrisa. Porque allí delante, en el Horizonte, vio que había encontrado a la Luna. La había reconocido sin haberla visto nunca, porque siempre sucede que todo lo que es bello o es parte de uno mismo es fácil de reconocer. La misma emoción que lo embargaba le impidió articular palabra, y la Luna Llena esperaba, él sabía que ella esperaba unas palabras. Trató de reunir el valor suficiente pero no logró decir nada. La Luna Llena, para disimular la emoción que también sentía, le dijo a Awatha:
-¿Qué haces aquí?
Awatha se sorprendió. Pero sonrió porque la Luna Llena también sonreía.
-He venido porque me dijeron que sólo tú podías dar un destino a Tilak, que un día murió, entró en el palacio de Yama, comió en el Banquete de la Inmortalidad y fue llamado el Elegido. Pero ahora ya no es llamado así, ahora ya no podrá ser formado como el Cuarto Raro y Sublime, ahora ya no podrá sentarse a la izquierda del dios Yama.
-¿Y dónde está Tilak? -preguntó la Luna Llena. -¿Por qué no ha venido?
-No ha venido porque es mi misión, porque por mi culpa él se sentó en la Roca del Olvido, junto al Mar de los Deseos Profundos.

La Luna Llena sonrió. Ella había nacido allí, en aquel mar de belleza tan intensa como profundo su azul. Y no le importaba volver, así que se dirigió a Awatha y le dijo:
-Cierra los ojos, amigo, y viajemos juntos hasta allí.

Envueltos en una intensa bruma azulada, la Luna Llena y el enano Awatha atravesaron distancias y tiempos, lugares y paisajes para llegar al lado de Tilak, que dormía junto al unicornio.
-Tilak, despierta. - murmuró suavemente Awatha en su oído.
-¡Awatha!¡Cuánto me alegro de verte!
Tilak abrió los brazos y atrajo hasta ellos a su amigo.
-¿Lo lograste? ¿Conseguiste hallar a la Luna Llena?
Awatha señaló el cielo.
-Mira, Tilak, mírala.
Y Tilak la vio y sonrió. Porque aquella extraña criatura le era familiar. Tal vez se había encontrado con ella en alguna otra vida; o tal vez no, pero la impresión que le causaba era tan intensa que pensaba que se le iba a salir el corazón del pecho. Y más aún cuando la Luna Llena le habló:
-Tilak, tú que te hallas ahí sentado debes responder a una pregunta. Y de tu respuesta dependerá el futuro que te he de entregar.

Tilak respiró hondo y aguardó. Awatha estaba a su lado y eso le daba fuerzas. La Luna Llena, después de meditarlo bien, preguntó:
-¿Cuál es mi color, amigo Tilak?

Pocos sabían esa respuesta, pocos podían entenderla. Pero Tilak había vivido, había sufrido, había entrado en su interior, había hallado la calma, había descubierto el puente de Amor que se había formado entre él y Awatha cuando se miraron a los ojos y derribaron los temores. Tilak había logrado la paz consigo mismo olvidando todo lo superfluo. Por eso respondió sin titubeos:
-Tu color es el Color del Amor, cuando hay Luna Llena.

La dulce risa de la Luna Llena penetró en los espíritus de Tilak, de Awatha y del unicornio de Awatha, que empezó a cantar las más bellas canciones que sabía. Awatha comenzó a bailar y Tilak agachó la cabeza dando las gracias, porque en sus espíritus alegres habían hallado el destino de Tilak, que ahora que sabía mucho más de los misterios y enigmas de la vida iba a ser llamado el Sabio. Tilak, el Sabio. Y ése nombre, regalado por la Luna Llena, era dulce a sus oídos, y como viera que era bueno se bañó en el mar y disfrutó del agua, de su nuevo nombre y de su nuevo destino.